UN SUEÑO CONSTRUIDO DE REALIDADES Hace aproximadamente ocho años, el boom económico de la minería del cobre atrajo a la ciudad de Antofagasta, en el norte de Chile, a los primeros migrantes colombianos del Valle del Cauca. Cambiaron un paraíso natural abundante en naturaleza y ríos pero dominado por la guerra y la desigualdad, por el desierto más árido del mundo con oportunidades de estabilidad económica y una mejor calidad de vida.
Esos primeros migrantes no tuvieron problemas para pasar la frontera de manera regular y en Antofagasta encontraron trabajo rápidamente, lo que les permitió ahorrar y enviar dinero a sus familias. De a poco empezó a correrse la voz: “En el norte de Chile hay una ciudad donde faltan manos y se paga bien”. Parientes y amigos también se embarcaron en la aventura. En esta primera oleada llegó desde Buenaventura Yeifer Aza Hurtado de 33 años. Trabajó la mayor parte del tiempo en una empresa contratista de la minería en Antofagasta y con lo que ahorró levantó su microempresa: una panadería que además vende productos típicos colombianos. “Cuando llegué había muchas opciones de trabajo y la comunidad chilena no era tan reacia hacia nosotros. No tuve problemas para pasar la frontera. Es que los que llegamos primero, lo hicimos para trabajar; ahora han llegado muchos a los que no les gusta el trabajo”. Era una época en que el precio del cobre llegaba a la cifra récord de cuatro dólares la libra. Eso significó que se abrieran decenas de megaproyectos en la región de Antofagasta, la cual vive y muere por la minería. A su vez, los proyectos inmobiliarios se multiplicaron. La escasez de mano de obra era tal, que los avisos de empleo se encontraban pegados en postes de luz y quioscos de revistas: Se necesitan guardias, se necesitan maestros de la construcción, se necesita personal de aseo…
Guillermo Morales es un chileno dueño de un taller vulcanizador. La mayoría de sus empleados son colombianos. “Nunca he tenido un problema con ellos, son súper trabajadores y responsables, me preocupo de enseñarles el trabajo y traspasarles valores. Acá son unos pocos los extranjeros que llegan a delinquir y no por ellos van a tener que castigar a todos los que vienen a trabajar como corresponde”. A medida que el precio del cobre comenzó a bajar y la cantidad de migrantes siguió aumentando, surgieron las tensiones. Las primeras se hicieron manifiestas a través de grafitis xenófobos en las afueras del Departamento de Extranjería, donde los migrantes hacen filas desde madrugada para regularizar sus papeles: “Colombianos apestan”, apareció escrito una mañana.
Luego, en octubre de 2013, vino el partido de fútbol entre Chile y Colombia durante las eliminatorias al Mundial de Brasil 2014. La celebración por el empate 3 a 3, que condujo a la clasificación de los colombianos, terminó en choques y disturbios en las calles de Antofagasta. A raíz de esto se convocó a una marcha contra los inmigrantes a través de Facebook que, a pesar de no tener gran convocatoria, dio la vuelta al mundo y puso en boca de periodistas nacionales y extranjeros los incipientes brotes de racismo y xenofobia que existen en Chile. Uno de los argumentos frecuentes de la inconformidad con los colombianos, es la supuesta relación de muchos migrantes con estructuras de crimen organizado y de narcotraficantes. A pesar que las cifras oficiales de la Defensoría Penal Pública chilena muestran que el 96 por ciento de los delitos en la región de Antofagasta son cometidos por nacionales, un sector importante de la población sigue culpando a los recién llegados de una “mayor sensación de inseguridad”. Este imaginario colectivo se refuerza cada vez que detienen a alguién de esa nacionalidad por delitos relacionados con drogas.
En particular ciudades como Iquique y Antofagasta, cada vez presentan más de estas noticias pues el vecino desierto de Atacama se viene convirtiendo en una ruta de droga desde Paraguay o Bolivia, hacia las ciudades portuaria del país austral.
De hecho una de las modalidades identificadas es el canje de droga por vehículos robados, delito que se ha incrementado. La transacción se hace en pleno altiplano. La policía chilena ha logrado identificar más de 100 pasos ilegales en los 1.300 kilómetros de frontera de la zona norte. Este año en un operativo nombrado “Escudo Norte 2”, en cuatro días de labor se logró la desarticulación de una banda y la incautación de 90 kilos de diferentes drogas. Este es un decomiso menor comparado al efectuado en abril de 2013, cuando se logró la captura de una organización criminal formada por cuatro chilenos que pretendía comercializar 1,5 toneladas de pasta base, marihuana y cocaína.
Pero los casos que más comentarios generan en redes sociales, generalmente son los que involucran a colombianos. En 2009, por ejemplo, se sucedieron una serie de detenciones de ciudadanos de esa nacionalidad por tráfico en Chile. En una de ellas se detuvo a una banda integrada por cuatro colombianos y un chileno que comercializaban cocaína en el Barrio Rojo de Antofagasta, sector donde abundan los bares y cabarets. Más cerca, en mayo de 2013, una banda de dos colombianos y dos bolivianos fue atrapada mientras traficaba marihuana, cocaína y pasta base desde Bolivia con rumbo a Iquique, Antofagasta y finalmente Santiago. Y este año un operativo terminó con la detención de siete colombianos -y otras siete personas de diversas nacionalidades- quienes fueron imputados por vender drogas en una peluquería ubicada en pleno centro de Santiago.
De hecho, expresiones como “Antofalombia” se acuñaron para referirse a cómo la ciudad ha cambiado desde el arribo de los colombianos. La mayoría lo usa en forma despectiva, manifestando que Antofagasta era mucho más segura sin ellos. Hasta políticos le han echado la culpa a los migrantes por la falta de recursos en el hospital, por el supuesto aumento de enfermedades venéreas e incluso por el alza de las infidelidades. Frente a estas percepciones, la frase del exintendente de Antofagasta Waldo Mora, se ha convertido en un memorable eslogan: “Algunos extranjeros están generando problemas de convivencia y quiebres matrimoniales”. La frontera legal también se ha endurecido. A los colombianos se les empezaron a exigir cada vez más requisitos de entrada, y su ingreso es rechazado frecuentemente en las aduanas. Con esto, también aumentó el ingreso irregular y el tráfico de personas.
Entre enero y septiembre de 2014 se han efectuado 44 denuncias por tráfico de inmigrantes en la Fiscalía de Iquique, ciudad portuaria de Chile. Más al norte, en el puerto de Arica, cerca de la frontera con Perú, se han reportado 16 denuncias, tres veces más que la registradas el año pasado. Sin embargo, ninguna de las dos cifras oficiales refleja la abultada realidad encontrada en la frontera por los periodistas de este especial. “El tráfico y la trata están en notorio aumento”, reconocen desde la institución.
Actualmente las condiciones económicas de la región de Antofagasta son más débiles que cuando comenzó el fenómeno. El precio del cobre bajó, se paralizaron proyectos mineros e inmobiliarios y Chile en su conjunto vive una desaceleración económica. Pero la migración no se detiene. Si antes era la economía, ahora el principal argumento para llegar al país del sur es la búsqueda de seguridad, no importa en qué condiciones. “Acá he llorado mucho por lo que nos ha tocado, pero sé que Colombia está muy complicada” dice Jenny Márquez, originaria de Cali, quien actualmente vive en Mujeres Unidas, uno de los campamentos, la versión chilena de las favelas.

El boom económico por los altos precios del cobre atrajeron hace cerca de una década a los primeros colombianos al norte de Chile. Miles cruzaron sin dificultad. Se establecieron con éxito bien sea por el trabajo en las mineras o por su espíritu emprendedor. Con el voz a voz de buenos horizontes, la ola de colombianos creció exponencialmente y hoy ya son casi un cinco por ciento de los habitantes de la ciudad de Antofagasta, el principal punto de llegada. Pero en el último tiempo surgieron voces de rechazo culpándolos de todo, incluso del incremento en las infidelidades.

Con el paso del “boom” minero muchos chilenos se preguntan qué va a pasar con la cantidad de extranjeros que se radicaron en su país.

A los colombianos les atribuyen hasta el incremento en las rupturas matrimoniales.

INFOGRAFÍA

 

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