LOS EMPRENDEDORES EN NUEVAS TIERRAS Yeifer Aza Hurtado de 33 años, llegó a Antofagasta hace ocho años desde Buenaventura. Trabajó la mayor parte de ese tiempo en una empresa contratista de la minería y el año pasado, con lo ahorrado, levantó su microempresa: una panadería que además vende productos típicos colombianos. Aunque la mayor parte de sus clientes son paisanos, también tiene compradores chilenos que acostumbraron su paladar a las papas rellenas, buñuelos y la Pony Malta. “La idea es mostrar al chileno lo que hacemos, pues últimamente nos ven como malos”, dice.
Yeifer cree que arribó a la capital del cobre en el momento indicado. Faltaba mano de obra y los colombianos eran muy pocos. Su local está entre las calles Sucre y Bolívar, un barrio donde son mayoritarios los letreros comerciales con los colores amarillo, azul y rojo de la bandera colombiana. Peluquerías, restoranes, juguerías, panaderías, cibercafés y pequeñas tiendas de ropa se han multiplicado en este sector.
A media cuadra de allí está el cibercafé Juaquín, propiedad de Deiton Fermín, quien llegó hace 5 años a Antofagasta procedente de Tumaco. “No había escuchado hablar de Antofagasta hasta que un amigo que estaba acá me recomendó venir”.
En Colombia dejó su negocio y su carrera universitaria apostándole a esta aventura de prosperidad y tranquilidad, pero sus primeros días en Chile fueron complejos. Su primer empleo –como muchos colombianos que llegan a Antofagasta- fue como obrero de construcción. El sueldo era de sólo 400 dólares.
Con el tiempo encontró otro trabajo en un karaoke. Durante tres años laboró día y noche en esos dos empleos. “En el día estaba en la construcción y en la noche en el pub. Fue la única forma de despegar”. Juntando los dos sueldos y las propinas, reunía mensualmente unos 1.800 dólares.
“Dormía dos horas en la mañana y dos horas en la noche. Con esa vida hasta subí de peso”, dice como quien cuenta una pilatuna.
Hace un año se decidió a montar un cibercafé y centro de llamados donde la mayoría de los clientes son colombianos que van a hablar con sus familias. Deiton cree que se quedará en Antofagasta. Ya tiene un hijo nacido ahí y sostiene que Chile “es un país en crecimiento, ya no está entre los subdesarrollados. La economía está muy bien, hay estabilidad”.
Sobre si fue una buena decisión migrar relata que “cuando llevaba dos años acá pensaba que no avanzaba mucho. Poco a poco empecé a juntar y guardar platica. Después de cinco años ya puedo acceder a ciertos privilegios, pero costó mucho trabajo". Una situación similar es la de Deysi, la matriarca de la familia Montaño Segura. Ella llegó a Antofagasta hace ocho años a trabajar en un restorán instalado por uno de los primeros colombianos que llegaron a la ciudad. Al tiempo decidió independizarse, pero no la tuvo fácil. Con un carro se dedicó a vender ensaladas de fruta por las calles de Antofagasta, principalmente en la Feria de Las Pulgas.
Trajo a cinco de sus siete hijos. Con lo ahorrado, puso un primer puesto de jugos en el centro de la ciudad. En pocos años logró hacer crecer su miniempresa y actualmente cuenta con dos restoranes y cuatro juguerías. Uno de estos restoranes está ubicado en el pequeño pueblo minero de María Elena. “Sufrí y derrame lágrimas, incluso me estafaron, pero salimos adelante y ahora vivimos bien y pudimos comprarnos una casa en Colombia”, dice con orgullo.
Todos los hijos trabajan en sus locales. Uno de ellos, Harry Montaño, llegó hace seis años a Antofagasta. Tenía 17 años y quería ser futbolista. Incluso jugó en las inferiores del Club de Deportes Antofagasta. “Tuve malas juntas y perdí la opción. Pero como mi mamá montó los locales, nos dio la oportunidad de trabajar a toda la familia”. Harry también está acostumbrado a Chile. Tiene dos hijos con una chilena y ve su futuro en esta tierra que conoce más que Colombia. “Mi país es violento y la vida no vale nada. Si tienes un poco de platita, te pueden raptar un hijo. En Colombia hay envidia de que el otro prospere. Los “dueños de la ajeno” cobran impuesto. Allá vi cómo asesinaban a gente en la calle. Acá nunca he visto algo así”.

Juguerías, peluquerías, cibercafés y restoranes de dueños colombianos se multiplican por Antofagasta. Se trata principalmente de migrantes que llegaron hace más de un quinquenio y que pudieron subirse a la ola de los mejores años de la economía local.

Por su amabilidad los colombianos encuentran trabajo con facilidad en actividades de servicio al cliente.

 

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