UNA BARRERA CON CIMIENTOS DE PREJUICIOS

Luego de atravesar la mitad de Suramérica, los migrantes colombianos llegan al sur de Perú y se encuentran con el rechazo discrecional de las autoridades migratorias chilenas. Con los bolsillos vacíos quedan en manos de traficantes de personas cada vez más hábiles a la hora de abrir rutas irregulares, y que aprovechan la inquebrantable fe de los viajeros en su anhelo de bienestar.

 

En lo que va de este año, 2.365 colombianos han sido devueltos del puesto control de Chacalluta en la frontera de Perú con Chile. Ingresar a este país se ha convertido en una frustrante odisea para los migrantes colombianos, quienes deciden emprender caminos ilícitos marcados por redes de coyotaje y trata de personas.

James Murillo es un afrocolombiano alto y fornido. Ha llegado a Tacna, Perú, “corrido” de la violencia de su país. A él y a toda su familia les quitaron sus bienes y casi la vida. Tenían que irse ya mismito de Buenaventura, el puerto más importante del Pacífico colombiano. James no quiere o no puede identificar a quiénes lo amenazaban, dice que son los grupos paramilitares, las bandas, sobre todo las bandas, pero no quiere contar más.

–A mi vecina le mataron un hijo, ya. A todos, a todos nos amenazan– dice.

James tiene miedo, regresar a Colombia no es una opción y  el orgullo de sus demás compatriotas –que ‘amenazan’ con regresar a su país si los vuelven a  ‘rebotar’ de Chile– no le alcanza, no le sirve.

–Yo no me siento seguro de regresar a Colombia. No tengo nada allá: mi mujer y mis hijos ya están en Chile. Yo soy un desplazado –dice James, mientras desdobla un papel sucio y descolorido: la copia de su carta de desplazado.

Él ha dormido tres noches en el suelo y su caso se repite, literalmente, por miles en Tacna. Según las autoridades migratorias chilenas, cada día, un mínimo de 15 colombianos provenientes en su mayoría de Quindío, Cali y Buenaventura intenta cruzar legalmente la frontera con Chile sin éxito. Marzo fue el mes pico de las devoluciones: 506 en total. Sin la posibilidad de entrar, ellos regresan a Tacna donde deben buscarse la vida, prestarse algo que los cubra para aguantar el frío, mendigar algunos soles para pasar la noche, y llenar el estómago.

Encontrar un colombiano en Tacna es muy sencillo, la mayoría son afrodescendientes y todos, desde los taxistas hasta las autoridades, saben dónde están. Basta con ir al Terminal Internacional Manuel A. Odría y dirigirse al ‘Muro de los Lamentos’: una pequeña plaza a la salida del terminal de buses, donde todos los días nuevos y viejos colombianos se reúnen después de haber sido rechazados por las autoridades migratorias de Chile.

–Ahí van a lamentarse y contar sus penas una vez que los rechazan –cuenta un funcionario de Migraciones–. Cuando hay sol es mejor, ahí se les puede ver más, les gusta asolearse.

Efectivamente, desde las primeras horas de la mañana se les puede ver sentados en círculos, con las manos vacías, renegando y jurando que si la próxima vez los rechazan se regresarán, que tampoco están para que los maltraten, pues si les hubieran dicho que cruzar la frontera chilena era tan difícil hubieran elegido otro país. “En Colombia nos dicen que estas cosas no pasarían. Que allí hay chilenos, peruanos, ecuatorianos y a todos los tratan por igual”, comentan entre ellos a modo de reproche.

–Mamacita, escúcheme, si usted va para Colombia, el colombiano le da su cama y él duerme en el suelo –dice Jeffer, quien lleva tres meses esperando que su suerte cambie.

El ‘Muro de los Lamentos’ es el punto de reunión de todos aquellos que son rechazados por Chile. Allí se pueden encontrar ecuatorianos y también dominicanos jovencísimos que abandonaron sus países en busca del sueño sudamericano. Les han dicho que cruzando la frontera las oportunidades de trabajo serán mejores y que el sueldo mínimo está por los 700 dólares. Ni siquiera las autoridades migratorias peruanas son inmunes a esa promesa.

–Allá en Chile, una controladora de aduanas, como yo, gana lo mismo pero en dólares.

Sin embargo, todos los sueños se acaban al encontrarse con el funcionario de la aduana chilena. Se habla de maltratos y requisitos impensados con tal de no dejarlos entrar.

–A uno le piden constancia de trabajo, constancia de estar de vacaciones apostillado por el gobierno de Colombia, que la bolsa de viaje, que el cartón profesional, oiga, todo… –cuenta uno de los rechazados.

Los mitos acerca de los puestos de control migratorios son diversos. En el ‘Muro de los Lamentos’ se puede escuchar que el ingreso a Chile depende de detalles tan aleatorios como la ventanilla que le toque en el puesto de control de Chacalluta. Si la funcionaria de turno despertó de buen humor, quizás sea tu día de suerte.

Los puestos de control de Santa Rosa y Chacalluta están a una hora de distancia de Tacna, si se va en auto, y a hora y media si se toma un bus. El pasaje cuesta 18 y 13 soles , entre 7 y 5 dólares respectivamente. Esta suma, aparentemente módica, resulta inalcanzable para los colombianos.

La mayoría de ellos invirtió sus ahorros en comprar un pasaje terrestre desde Bogotá hasta Santiago de Chile, creyendo que eso les aseguraría el ingreso. Al ser rechazados en Chacalluta, su bus los abandona y se encuentran en la calle, sin un peso y, sobre todo, con frío.

–La empresa Ormeño nos debería decir que el pasaje no nos asegura que lleguemos a Santiago, porque uno paga por llegar a Santiago no por quedarse acá –dice Edgar Daza, el colombiano de mayor edad reunido en el ‘Muro de los Lamentos’.

Edgar tiene 58 años y no piensa regresar a Colombia. Bajo ninguna circunstancia.

–Yo me le tiro a un carro porque para qué voy a volver sin plata. Llevao. Yo me le tiro a un carro y  el gobierno de aquí pues que me entierre.

No hay de otra, Chile o Chile.

 

Todos los caminos conducen al sur

Inevitablemente, todos los colombianos se dirigen al ‘Muro de los Lamentos’ cuando son rechazados. No se trata de una atracción magnética, sino que allí se ubica el paradero final de los buses y colectivos que van a Chile. Cuando desorientados se acercan al lugar, algunos peruanos los abordan: “¿Qué pasó, amiguito, te rebotaron?” Este es el primer contacto de los traficantes de migrantes quienes ofrecen sus servicios y contactos desde 60 hasta 300 dólares.

–Acá se acercan, como lo ven a uno mirando para todos lados, vienen y te dicen que te pueden hacer pasar –cuenta uno de los colombianos rechazados, ocultando un poco su rostro con una gorrita–. Uno escucha de todo aquí, pero yo no quiero eso, yo quiero entrar por la legal porque uno ha venido a trabajar y a estar bien, no a hacer cochinadas.

Los traficantes de migrantes, más conocidos como jaladores, se aprovechan de la desesperación de los colombianos y prometen hacerlos entrar a Chile por el puesto de control fronterizo de Chacalluta. Aseguran contactos e influencias. Otras veces ofrecen fabricar documentación: constancias de trabajo, constancias de vacaciones, certificados de estudiantes firmados por el gobierno colombiano. Los más avezados ofrecen “paso no habilitado”, que es una forma menos aterradora de decir que los harán entrar de manera irregular. Además se ofrecen como los únicos que conocen el paso seguro a través de los peligrosos campos minados que los chilenos mantienen en la frontera, y donde hay algunos pocos registros de inmigrantes mutilados por las explosiones.

–A uno le piden 300 dólares, uno les cree y les paga y luego lo rebotan en la frontera y ya no se puede hacer nada. Uno se lo vuelve a cruzar, pero él ya no lleva la plata encima, y uno se queda sin nada –cuenta un joven colombiano que se hace llamar Jesús y carga una Biblia en el bolsillo.

Walter Goyzueta, presidente de la Junta de Fiscales de Tacna, explica que el delito de tráfico ilícito de migrantes “se empezó a mover a raíz de la llegada de los colombianos”, hace tres años, aproximadamente. Debido a ello se impulsó la creación de la Subcomisión de Trata de Personas y Tráfico Ilícito de migrantes, como parte del comité de integración fronterizo entre Perú y Chile.

Según refiere el fiscal Goyzueta, en las reuniones que sostienen, la Policía de Investigaciones de Chile (PDI) ha expresado, más de una vez, su preocupación por la presencia de colombianos que utilizan caminos ilegales para ingresar a Chile. El objetivo de esta subcomisión bilateral es descubrir cuáles son estas nuevas rutas e intercambiar información entre sus puestos fronterizos.

Ambos países han detectado que la mayoría de veces que un colombiano se aventura a entrar de forma irregular a Chile, lo hace acompañado de algún jalador que conoce bien la geografía de la zona. Goyzueta explica que ya han tomado conocimiento de la presencia de organizaciones de traficantes que ofrecen ese ‘servicio’. Sin embargo, el problema para identificarlas y describir su modus operandi, radica en el temor de los migrantes a continuar con la denuncia por más que hayan sido víctimas de estafa o maltrato.

–Hay evidencia pero no es suficiente para judicializar –explica Goyzueta–, el mismo colombiano no quiere colaborar, es por eso que estamos potenciando el apoyo a la víctima. Se tiene que entender que la situación de los colombianos en el Perú no es delito.

Tanto Goyzueta como las autoridades migratorias de Tacna se esfuerzan por recalcar que en Perú no existen extranjeros ilegales sino “en condición irregular”. En la práctica, la diferencia entre uno y otro término radica en que, al tratarse de una falta, nadie puede ser detenido por estar sin permiso en el Perú. Lo que procede en estos casos es la intervención.

Diariamente, el Departamento de Seguridad del Estado de Tacna, al mando de la comandante Giovannita Zegarra, realiza operativos de intervención a todos los extranjeros que se encuentran en el terminal de buses y en los lugares que ellos ya han identificado como punto de reunión de migrantes. El ‘Muro de los Lamentos’ es una parada obligatoria en su recorrido.

–Lo que hacemos es pedirles sus documentos, si no han excedido el tiempo de permanencia en el Perú, se pueden ir sin problemas –explica la Comandante Giovannita–. Si ya no tienen permiso para estar aquí, los llevamos a la comisaría, dejamos constancia que su tiempo ha excedido y luego se pueden ir. Es un trámite administrativo.

Los colombianos y los miembros de esta división de la Policía ya se conocen. Se ven las caras casi todos los días y, la mayoría de veces, se saludan con cordialidad. Los colombianos saben que si ya se les vencieron los días, solo les queda ir a la División, registrarse en el AFIS, el Sistema de Identificación de Huella Digital, y regresar a su rutina diaria. Mientras tanto, esperan el papel que les permitirá entrar a Chile o que, con ayuda divina, su suerte cambie.

Esta vez se llevan a Ordóñez, un moreno de aspecto risueño, alto y delgado como un carrizo. Este joven de labios gruesos y cabello rapado ya ha excedido el plazo de permanencia en el Perú por cuatro días.

–Pero es que a mí ya me llevaron ayer –dice–. Yo pago los días, no hay problema.

Cuando un extranjero en situación irregular quiere abandonar el Perú, debe pagar un dólar por cada día que estuvo sin permiso en nuestro país. Lo que Ordóñez quiere decir es que cuando intente entrar a Chile, nuevamente, pagará todos los dólares que le deba al Perú.

–Está bien –le dice uno de los policías del Departamento– nos acompañas una hora y luego regresas.

En sus operativos, la división de la comandante Giovannita se ha percatado de un hecho particular: Siempre hay menos mujeres que hombres intervenidos. Mientras que ellos deambulan por el mercado, el terminal o las calles cercanas; ellas, las pocas mujeres que quedan, prefieren permanecer en sus cuartos. Existe una razón para esto: mientras los hombres son estafados por los ‘jaladores’, las mujeres tienen un camino mucho más duro pero que les permite entrar a Chile.

 

“Carne negra”

En el ‘Muro de los Lamentos’ por cada diez hombres, solo hay una mujer. Sin embargo, Migraciones ha detectado que hombres y mujeres ingresan a Perú casi en la misma proporción. La diferencia se produce al momento de ver las devoluciones. La mayoría de hombres son rebotados, las mujeres pasan.

Para el padre Emilio, del Servicio Jesuita al Migrante, esto tiene una explicación. Cuando después de varios intentos de entrar a Chile, las mujeres se encuentran sin un sol para sobrevivir, el panorama que se les presenta es el siguiente: O consiguen un ‘trabajo’ y juntan dinero para la bolsa de viaje que les piden en Chile, o son contactadas por ciertas personas que las hacen cruzar la frontera de manera legal. En realidad, ambas alternativas están relacionadas, en ambos casos se trata de redes de prostitución mezcladas con otras redes de tráfico de migrantes.

Así, muchas de las migrantes eligen entre los chupódromos y los prostíbulos.

Los chupódromos no son otra cosa que bares de mala muerte. Allí, la función de la mujer consiste en hacer que el visitante tome la mayor cantidad de alcohol posible. Ellas ganan una comisión por cada botella de cerveza vacía. Los chupódromos más conocidos y donde se puede encontrar colombianas son el Embassy y el Egipto aunque también existen otros más pequeños y venidos a menos donde se puede disfrutar de su compañía por menor precio.

Sin embargo, desde hace dos meses la situación empezó a cambiar. Se creó una División de Trata de Personas en la Policía de Tacna que realiza operativos constantes. Esto ha disuadido a los dueños de los chupódromos de ‘contratarlas’ o, al menos, de exponerlas en vitrina. Ya no es tan sencillo conseguir colombianas abiertamente.

Pero siempre se puede contar con la discreción de los prostíbulos. Si uno le pregunta a cualquier taxista dónde puede encontrar colombianas, ellos responden: “Ah, carne negra”, e indican el camino.

 

A quince minutos en auto, yendo por Pocollay se llega a los dos más conocidos de Tacna: el Venus y Las Cucardas, uno al lado del otro. Allí, colombianas y peruanas comparten el negocio, cuarto y clientes. Las tarifas van desde los 50 soles y pueden llegar hasta los 500 soles si uno quiere llevarse a la colombiana fuera del local.

–Yo todavía no he aceptado –dice, sentada al lado del ‘Muro de los Lamentos’, Marisel Quiñones, colombiana de Cali–. A veces las mismas chicas de acá, del ‘Muro’, le ofrecen ese trabajo a una. Antes prefiero intentar pasar una vez más o regresarme.

Algunos tacneños creen que con los colombianos ha llegado la prostitución. Pedro de Castro, abogado del Servicio Jesuita y encargado de orientar a los migrantes varados en Tacna, aclara que esa no es la situación. Para él, todo es consecuencia de la dura política migratoria de Chile. Al darse de narices con Chacalluta, un puesto de control inesperadamente duro, y sin un peso en el bolsillo, los migrantes hacen lo que sea para sobrevivir y cumplir su sueño de entrar a Chile.

Los Jesuitas reciben todos los días a colombianos, entre otros migrantes que tienen el mismo sueño de entrar a Chile. Desde enero hasta agosto de este año, han atendido a 216 colombianos, menos del 10 por ciento del total de migrantes –también colombianos– rebotados en el mismo período. Les brindan asesoría legal para no dejarse convencer por los tramitadores y también los apoyan con el menú. Diariamente, entre 10 y 13 migrantes almuerzan en el local ubicado frente al terminal.

–Que nos den la oportunidad, que todos no somos iguales, a veces cuando los rechazan ya no buscan por la buena sino por la mala, pero que nos ayuden, que queremos ir a trabajar legal –dice Jesús, agitando su Biblia.

 

Un sueño cumplido

No todas las historias terminan en expulsión o en procesos judiciales. Antes de concluir la visita a Tacna de este equipo periodístico, James Murillo logró reunir los 18 soles para ir a Chacalluta. Un grupo de sus paisanos lo acompañó al terminal, a despedirlo, a dejarle el número de teléfono por si acaso, pero, sobre todo, fueron a desearle buena suerte.

–El man tiene la casaca mía y yo no sé si pedírsela –le dice Ordóñez a Jeffer.

–Déjesela, déjesela que yo le consigo otra, hace frío en Santiago –le contesta.

Ya en el auto, James sonríe por primera vez desde que lo conocimos. Llena su ficha de Migraciones con el lapicero que Jeffer le ha regalado. Hoy todos están generosos, hoy puede ser un día para celebrar. Cada vez que un colombiano logra pasar Chacalluta, todos sus compañeros del ‘Muro de los Lamentos’ sienten que hay esperanza, que la próxima vez les puede tocar a ellos.

Los únicos que no están contentos con tanto colombiano en el terminal son los choferes y cobradores. La hostilidad se percibe, e incluso uno de los choferes chilenos se anima a decir que los colombianos están llevando mucha delincuencia a Antofagasta.

–El peruano no es así –dice, tratando de congraciarse con la reportera de este especial–. Él sí es trabajador.

Ya en Chacalluta, a James se le borra la sonrisa del rostro. Tal vez la ventanilla que le tocó era la de la mala suerte. Lo separan de la fila del resto de extranjeros y lo envían a una oficina. Que espere. De un momento a otro James desaparece, ya no está sentado en la oficina. Vamos en su búsqueda con cualquier pretexto. El policía chileno nos recibe con cierta desconfianza:

–¿El señor? Aquí está el señor, aquí sentado –responde mientras señala a James, medio escondido detrás de una ruma de documentos–. Ya mismo acabo con los papeles del señor. Si me espera, los puedo embarcar a los dos en un bus hacia Arica –dice, ahora, mucho más amable.

James nos mira de reojo y sonreímos mutua, pero discretamente ¿Acaso esa sí era la ventanilla de la suerte? James se va de Chacalluta con la casaca anaranjada de Ordóñez, el lapicero azul de Jeffer y los números de teléfono de todos los colombianos que lo acompañaron al terminal. Ambos levantamos la ceja a manera de despedida. Esta noche, en Chile, James por fin dormirá al lado de su mujer.

Volvemos a Tacna con la buena noticia. Al día siguiente, en el ‘Muro de los Lamentos’, los paisanos que rebotaron cuentan una y otra vez que James sí pasó. De pronto, uno de los colombianos más recelosos se separa del grupo y nos pregunta:

–¿Será que usted va pa la frontera hoy? Me gustaría que me acompañe.

Si la funcionaria de turno despertó de buen humor, quizás sea tu día de suerte, dicen los migrantes rechazados.

Muchos tienen que pasar días durmiendo en la calle mientras intentan una y otra vez cruzar la frontera.

Muchas de las mujeres rechazadas en la frontera optan por trabajar en chupódromos o en prostíbulos.

INFOGRAFÍA

 

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