LOS ÁNGELES DE LOS MIGRANTES Son las dos de la tarde y un grupo de ocho migrantes camina por el desierto a 3.800 metros de altura. Salieron de Colchane hace una hora y el avance es lento bajo el sol abrasador. Esta población en el altiplano andino es la primera chilena al cruzar la frontera boliviana.
Algunos llevan las cabezas tapadas con camisetas que solo dejan ver sus ojos oscuros. Son una caravana de beduinos sudamericanos en una ruta que ha atravesado cinco naciones, con sus respectivas fronteras geográficas y culturales. Las trombas de viento levantan la arena que se les incrusta como agujas en los ojos.
Tratan de hacer parar un bus, pero este sigue de largo. Hay controles carreteros y los transportistas prefieren evitar problemas. Su primer destino es Iquique. Ahí ya podrán ubicar a conocidos, llamar a familiares y viajar a sus destinos finales. El de la mayoría es Antofagasta.
Aunque están en suelo chileno, los migrantes saben que si son encontrados por carabineros es muy probable que sean puestos nuevamente en la frontera con el pequeño poblado boliviano de Pisiga. A pesar de su geografía hostil, Pisiga representa un reducto de esperanza para los miles de migrantes que cada año intentan cruzar de manera clandestina hacia Chile. El poblado está pegado a las aduanas boliviana y chilena. No hay muros o campos minados cercanos como sucede en otros cruces fronterizos. La travesía parece simple pues el primer caserío chileno, Colchane, está a unos tres kilómetros.
Sor Margarita Oyarzo recibió a 800 migrantes en lo que va de este año. De ellos, no cree que más de una veintena haya cruzado de forma regular. “Intentan pasar por la aduana de manera legal, pero los rechazan una y otra vez. Nosotros les aconsejamos que no hagan un cruce clandestino, pero están empecinados en llegar a Chile. Ellos vienen huyendo de la violencia y la falta de oportunidades”.
La congregación de las Hermanas de la Caridad abrió esta casa de acogida en Pisiga hace tres años. En un viaje una hermana vio que los migrantes quedaban en extrema vulnerabilidad después de ser rechazados en la frontera. Decidieron arrendar una casa y habilitarla como albergue para darles alojo momentáneo. Este año dos monjas chilenas están a cargo de la casa: Sor Margarita y Sor Dora Antimán. La segunda también es del sur, de Panguipulli. Sor Dora explica que muchos de los migrantes son robados o estafados en el camino. “Durante un tiempo llegaban algunos con un papelito que compraban en Tacna, pensando que con él podían pasar por Colchane, pero no les servía de nada”.
La mayoría de quienes llegan hasta la casa de las monjas son colombianos. Estos migrantes deben estar legales en Bolivia para que se les pueda dar alojamiento. Sor Margarita agrega que si están sin papeles no pueden recibirlos, “ya que la policía boliviana cada cierto tiempo viene a revisar la casa y los bolsos de las personas. En todo caso, eso también nos da seguridad”. “Esta frontera es permeable. No es como en Israel o Estados Unidos que tienen un muro”, dice un funcionario de la aduana de Colchane. Los controles aduaneros están pegados al pueblo de Pisiga. Una reja de dos metros rodea a la oficina chilena, pero si alguien quiere cruzar a pie entre Pisiga y Colchane, evitando los puestos fronterizos, puede hacerlo fácilmente internándose un poco en la planicie.
Auque hay cámaras térmicas vigilando de manera permanente, de noche es prácticamente imposible bloquear la inmensa pampa. Por eso, este es uno de los sectores favoritos de los contrabandistas para cruzar droga hacia Chile y vehículos ‘chutos’ o robados a Bolivia. Los decomisos de droga son de todos los días en esta aduana. “Hoy en la mañana detuvimos a una mujer boliviana de 30 años que llevaba 75 ovoides. En total son 196 gramos de cocaína”, explica el funcionario, mostrando una bolsa de un tamaño difícil de imaginar en el cuerpo de una persona.
Sobre el rechazo de migrantes colombianos que llegan con todos sus papeles, el funcionario explica que se produce porque no tienen solvencia económica y se presentan como turistas, “cuando en realidad vienen para buscar trabajo en ciudades como Antofagasta, donde ves colombianos en todos lados”.
Solvencia es la palabra clave. Aunque la ley chilena la pide a quienes ingresan como turistas, no fija un monto específico. De esta manera, queda finalmente a discrecionalidad del funcionario de turno de la Policía de Investigaciones (PDI) dejar o no pasar.
Entre enero y septiembre del año pasado, 12.655 extranjeros no fueron admitidos en las aduanas chilenas, según cifras oficiales de la PDI. 5.688 de ellos eran colombianos. La cifra, sin embargo, podría ser aún mayor, ya que migrantes denuncian que muchos de ellos no alcanzaron a llegar a la ventanilla para mostrar sus papeles cuando fueron expulsados de aduanas como Chacalluta y Colchane. Lorena Fries, directora del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), explica que en mayo de 2013 efectuaron una misión por Colchane y hablaron con las monjas de Pisiga. “Hay situaciones de xenofobia que se presentan por parte de algunos agentes del Estado de Chile”, asegura Fries, y agrega que, durante su estancia en Colchane, el INDH recibió denuncias de migrantes según las cuales el “personal de la PDI les lanzó los pasaportes y los insultó con epítetos racistas”.
En un informe presentado a finales de mayo del año pasado, el INDH recomendó tanto a la PDI como a Aduanas que revisaran sus procedimientos y reconoció que, así como hay casos de violencia, también ha registrado “preocupación por parte de otros funcionarios y autoridades para avanzar en capacitar a su personal respecto a los derechos de las personas migrantes y así crear una cultura de respeto”. Para la abogada “este es un trabajo de largo aliento que, por supuesto, no se soluciona de un día para otro”. Como en la ruleta
Cinco jóvenes colombianos esperan desde hace tres días el momento indicado para cruzar a Chile. Dicen que lo intentarán de la manera legal, pero que si son “rebotados” van a cruzar como clandestinos. Las monjas que los hospedan trataron de convencerlos de que no lo hagan, pero para ellos no hay vuelta atrás.
Son dos mujeres y tres hombres. No se conocían de antes, pero parecen amigos de toda la vida.
Ingrid es de Pereira, tiene 19 años y es la menor del grupo. Su familia está en Copiapó y es primera vez que hace esta ruta por tierra. “La primera vez llegué en avión y estuve con todos mis papeles”. Aunque nunca ha sido rebotada, tiene miedo de que no la dejen entrar y no descarta cruzar clandestinamente.
Demetrio, de 30 años, va a Iquique, donde lo espera su esposa. Aunque ya ha ido varias veces a Chile, en esta ocasión fue rebotado. “La primera vez que intenté pasar tenía solvencia y todo, pero igual me rechazaron”. Mira hacia el cielo y apunta con el dedo: “Todo depende del de arriba, porque hay días que de cinco pasan dos y otros que no pasa nadie. Un amigo lo rebotaron dos veces en Tacna y acá pasó. Nos avisó que estaba suave, lo intentamos nosotros, pero no nos dejaron”.
Jairo es de Buenaventura y tiene 32 años. Esta es segunda vez que intenta cruzar a Chile. Su destino es Antofagasta, donde vive un primo. “La primera vez me rebotaron en Tacna. Me vine a Bolivia y me robaron todo en El Alto. Llevó dos años en Bolivia. Trabajé en minería, no me puedo quejar, me ha ido bien, pero ahora la cosa se ha apretado más. Mi primo me dice que me vaya para Antofagasta que está mejor y así estoy más cerca de la familia”.
Oscar es de Cali y tiene 30 años. Su idea es llegar a Antofagasta o Santiago. “Vine en búsqueda de oportunidades de trabajo porque en mi país está muy complicado. Ya intenté pasar por Tacna y por acá y me rebotaron. Mi plan es pasar como sea”.
Mariluz, de 34 años, tiene a su esposo en Antofagasta. Ella ya vivió ahí y ahora va de regreso, pero como la primera vez también cruzó irregular, es prácticamente imposible que pueda pasar por la aduana. “En Antofagasta hay más oportunidades que en Colombia”.
Mientras caminaban por Pisiga, un coyote se les acercó para ofrecerles paso a Chile. Pero no quisieron tomar la oferta. “Se notaba que no era confiable”, dice Demetrio.
No son sólo colombianos. Virgilio no pasa desapercibido. Es un moreno de casi dos metros. Va vestido de negro, con los zapatos llenos de polvo y una gorra que dice “U.S.A”. Se acerca y pregunta: “¿Dónde puedo tomar bus a Iquique?”.
-Un poco más allá paran buses, justo donde están las señoras vendiendo comida. ¿De dónde vienes?
-De Ecuador, pero soy de República Dominicana.
-¿No tienes equipaje?
-Me lo robaron todo en el viaje. Ando con lo que me ve encima. -¿Y por qué te viniste a Chile?
-Porque escuche que acá hay trabajo y lo necesito.
-¿Cómo cruzaste?
-Por el lado de la aduana. No tengo papeles ni nada. Me robaron todo.
Son las nueve de la mañana en Colchane. Pasa una camioneta de carabineros y Virgilio se echa para atrás, entre las vendedoras de los puestos. La policía sigue su camino.
El puesto de carabineros está a menos de 50 metros de la parada de buses, por lo que cada cierto rato aparecen pidiendo documentos.
Escabullendo su notorio cuerpo, quizas Virgilio logre con éxito su aventura.

En Pisiga, último pueblo boliviano antes de cruzar hacia la localidad chilena de Colchane, dos monjas chilenas dan alojamiento a los extranjeros “rebotados”. El refugio de las religiosas es una prueba de cómo los rechazos se han vuelto sistemáticos.

La congregación de las Hermanas de la Caridad decidió acoger a los migrantes al ver su extrema vulnerabilidad tras el rechazo.

Aunque hay cámaras térmicas vigilando la frontera, de noche es prácticamente imposible bloquear la inmensa pampa.

“Nosotros les aconsejamos que no hagan un cruce clandestino, pero están empecinados en llegar a Chile”.

 

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